Parece que ya no sé decir nada si no es por aquí... jajajaja
Antes de nada, para ti este FELIZ CUMPLEAÑOS. Y sí, lo pongo en mayúsculas, porque hasta ahora es una de las cosas más importantes que hay en este cuchitr... digo blog :)
Otro año más que te cae, y no un año cualquiera... ¡Ni hablar! El año de los dieciocho, si es que lo dices y te llena la voz por completo. Dieciocho primaveras, o veranos, o inviernos, u otoños incluso!!! ¿Qué más da? El caso es que ya eres una tia mayor, pero no de los mayores que sólo hablan del paro, la bancarrota, tiran los peluches a la basura, etc.
Mayor de las que bajan de su casa en bici haciendo el tolay (porque no es otra cosa), de las que te siguen sacando una carcajada con su peculiar manera de saludar (y digo peculiar porque es indescriptible), de las que tienen rincones secretos no tan secretos, de las que tienen una sonrisa que te alegra la mañana, de las que tienen agregado a un Salomón en tuenti sólo porque tiene un nombre extraño... De las de ¡Qué locurón contigo! jajajajajaja
Por todo esto y mucho más (porque podría pasarme horas escribiendo)... Happy Birthday little girl, I really fucking love you.
Porque apareciste un día 21, y ya sabes que 2+1 son 3, y tres es un número primo perfecto, así que un día genial.
Porque mis manías numéricas raras son algo que te saca una sonrisa cada vez que te lo intento explicar.
Porque sabes perfectamente que "ellos" te controlan, y te enfadas conmigo porque tu ego te impide admitir que tengo razón. Porque no soy yo, que yo soy tú y tú no.
Porque las estrellas de San Sebastián nos miraron con la boca abierta.
Porque si aún dices venga, yo digo vale... ;)
Porque odio en secreto a Coque Malla, el Rap y Baratze.
Porque tui, tui tui! eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
Porque una mierda de blog como este no es capaz de hacer temblar el suelo bajo mis pies.
Porque tú sí.
Porque te quiero hasta el infinito y más allá (eso no posible es¿? un cojón!!).
Mientras se ahoga mi cordura en la profunda laguna de un reloj Me sobra potencia y falta coherencia Me dijo la voz ronca de mi tímida impaciencia Hoy, hoy hoy...
Ella rondaba los cuarenta y tres cuando yo apenas acababa de salir de la pubertad, la veía cada mañana en el andén a las 6.47, ella siempre con su cigarro, yo siempre con mis libros en la entrepierna, tratando de ocultar la evidencia.
A veces se daba cuenta y esbozaba una sonrisa burlona, cada vez que la miraba no podía evitar recordar el clásico del cine "El graduado", y a la idolatrada Mrs. Robinson, con aquellos aires de superioridad, con tantos años de experiencia reflejados en su forma de andar, reclamando miradas a su paso.
Medias de rejilla, blusas, faldas plisadas y russian red en los labios. Fueron años felices repletos de miradas cómplices, pero ya no queda nada, apenas la recuerdo ya.
Siempre nos quedará nuestra inocente canción de Frank Sinatra.
Me costó horrores conocer su nombre, y todavía sigue pareciéndome raro. Ella es rara, adorablemente rara. La vi por primera vez debajo de un árbol con un libro entre las manos, estaba tan inmensamente angelical con esas trenzas negras que enmarcaban su pálido rostro que no pude resistir la tentación de acercarme. Cuando hice crujir una ramita seca con el pie a apenas unos metros de ella me miró con unos ojos violetas abrumadores, sí, violetas. Cualquiera pensaría que llevaba lentillas de color pero descarté la idea inmediatamente, había leído acerca de ciertas tribus cíngaras del siglo dieciocho con unos ojos como amatistas que sorprendían a cualquiera que trataba con ellos.
Ante mi cara de asombro sonrió, y siguió mirándome curiosa. Le pregunté con un hilo de voz qué era lo que estaba leyendo, y me enseñó un libro garabateado, con la portada apenas legible, “Fuego en tus manos”. Me sorprendió que bajo aquella cara infantil se escondiera una lectora de literatura morbosa, yo conocía perfectamente aquel libro.
Me dí cuenta de que las piernas que asomaban debajo de aquel encantador vestido que llevaba estaban cubiertas de magulladuras, moratones y tiritas, nunca se es demasiado mayor como para querer volar. Las cicatrices de cortes en sus muñecas le daban un aire de locura, soledad y dolor a su delicada imagen, no me atreví a indagar en ello.
Empecé a preguntar por ahí acerca de ella, pero aunque muchos en Madrid sabían quien era nadie supo decirme nada que no supiera ya, mas que su costumbre de pasarse horas y horas los domingos tumbada en el mismo pedacito de hierba del parque.
Se convirtió en mi pequeña obsesión, y el día que la vi dibujar algo en la corteza de uno de los cientos de olmos que habitan allí no pude reprimir mi curiosidad y me acerqué.